Una vez me encontré con una araña amarilla. Me miró asombrada e inocentemente me preguntó como había llegado hasta ese lugar perdido en la selva camboyana. –Llegué volando, le dije y sin darle tiempo a que preguntara que era eso, le conté que siempre lo hacía. Cada vez que tenía esa necesidad (digo la de volar fronteras, mares y montañas y hasta selvas también) podía lograrlo sólo cerrando los ojos, evadiendo mi cuerpo del espacio y transportándome emocionalmente al lugar elegido en cada ocasión. La araña amarilla me seguía mirando. Observaba mis movimientos desarticulados, mi picazón corporal. Observaba como yo me revolcaba por la tierra llena de espantosos bichos blancos y cobrizos. Estudiaba una a una mis risas desenfrenadas, mis pupilas irritadas de atravesar el viento, y mis venas marcadamente verdes. Pero la araña amarilla no me entendía y seguía preguntando cuál era el secreto que tenía para poder volar si yo no tenía alas. Le lancé una carcajada en la cara y la asustadiza hizo un paso atrás. Sé que lo hice en forma agresiva pero no pude controlarme. Desinhibida y alocadamente traté de explicarle que para volar no había secretos y que no era sólo propiedad de las aves o de los aviones. Que para volar no era requisito tener esas cosas llamadas alas, que para llegar alto ó lejos y tocar el cielo ó el otro lado de la luna sólo era necesario inyectar la imaginación y así volar, volar, volar.
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