Cuando regresábamos siempre hacía lo mismo. La primera
noche, y otras siguientes, me metía en la cama, tapado hasta la boca y con el
pomo de espuma entre mis brazos, que a esas alturas ya estaba casi vacío. Lo
destapaba y lo olía, respiraba profundo y dejaba que por mis fosas ingresara
aquel olor, el que sabía a verano principalmente, noches de calor a veces
frescas, otras veces densas, ese aroma que me transportaba mágicamente al
carnaval. Íbamos todos los años al pueblo. Teníamos parientes allí, así que era
regla visitarlos 2 o 3 veces por año. Una de las citas obligadas era en época
de corsos. Ese viaje me resultaba maravilloso, por encima de los demás. Nunca volví
a ver nada igual, nunca había visto algo similar hasta aquel momento. Destapar
un frasco de espuma era abrir el alma al ritmo de la murga. Que música alegre,
pensaba yo, que espíritu que tenían por aquellas épocas esas gentes simples, de
tonada rítmica. Podían pasar muchas cosas en sus vidas, en sus casas, en sus
intimidades mas profundas, pero a la hora de salir a la calle principal, doble
mano y con boulevard de por medio, estaban todos listos, prolijos, arreglados,
perfumados y hasta algunos con la mascarita puesta.
Por aquellos años no existía casi el travestismo,
menos en un pueblo de pocos habitantes, pero hombres de ley, rigurosos
machistas, educados con las leyes del patriarcado, del campo duro, con la
rectitud de la vara, se olvidaban de su función diurna y salían vestidos de
minas. Quien sabe, más de uno habrá gozado calzándose los pantalones ajustados,
unas medias a modo de pechos enormes y un carmín en los labios, deseosos de ser
besados por otro hombre.
Era
espectacular verlos, los vecinos del pueblo reían a carcajadas. El comentario
era: mira éste o aquel, es Pirulo. Risas risas risas. Alegría, fuegos que salían
a bocanadas por osados malabaristas, hombres de circo quizás, hombres de
potente arte que nunca abrieron la puerta del pueblo para salir al mundo,
escondidos en un mapa pequeño, en su propio mundo, mostrando lo mejor que podían
hacer sólo una vez al año, como un juego añorado y a la hora de la exhibición,
presente.
Al final de esta gran fiesta, todo volvía a la
normalidad, el pueblo recuperaba su silencio habitual, su ritmo cansino, ese
que lo distingue de las grandes urbes. Alguien siempre se encargada de apagar
las luces hasta el próximo año.
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