Y una vez más se enamoró. La sensación fue contundente.
Palpitaciones, escalofríos, sonrisas desmedidas y fuera de tiempo, y una sola
idea en su cabeza, de día y de noche, con el amanecer y el crepúsculo: volver a
ver esos ojos esmeralda que la habían cautivado de una manera inesperada.
Sin pensarlo ni esperarlo se vio atravesada por un rayo, la
emoción la hizo vibrar un poco y otro poco mas. La primera vez que lo escuchó,
su voz no le dijo demasiado, sin embargo era diferente, ni linda ni fea, tenía
una cadencia distinta, hasta en algún momento le pareció distante.
Cuando lo vio por primera vez la historia cambió para
siempre, la voz distante se transformó en armonía y delirio.
Y así las veces siguientes, charlas larguísimas y
confesiones enormes, casi sin saber por que lo estaban haciendo.
Llevame a volar, le suplicó ella desde sus más íntimos
pensamientos, necesito sentir la libertad correr por mis venas, necesito
vibrar. Escucharte es una bocanada de oxígeno, le decía ella entrelíneas
mientras hablaban como viejos desconocidos.
El tiempo pasó, las conversaciones aparecían y desaparecían
de tanto en tanto, las sensaciones eran las mismas para ella, las mismas
sonrisas alegres, espontáneas, frescas. Él la hacía sentir linda, más linda que
nunca.
A él le pasaba exactamente lo mismo, pero nunca, ninguno de
los dos lo supo.
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