Y quizás la pureza de su encanto no rodee mis sentidos. El niño se ha permitido atravesar mares y selvas. Ha logrado superar las mil vallas de la sin razón. Como pocos, como nadie, ha pensado libremente sin tapujos ni escándalos, riéndose en una llamarada de túneles viajeros. Caminando entre algodones de cristal pudo ver algo, al principio no supo bien de que se trataba pero con el tiempo fue descubriendo que desde su interior brotaban sensaciones inequívocas, o mas precisamente exactas. Un berrinche lo puede tener cualquiera, y en su caso más aún, ya que dadas las circunstancias, a quién no se le hubiera presentado tal desplante. Viajó. Viajó durante horas a lo largo de su vida, claro que fue todo muy inusual porque se desplazó en el tiempo sin mantener una constante singular. Por momentos se encontró con sus primeros pasos y casi sin darse cuenta entró en la habitación de los rituales impuestos por generaciones pasadas que se acarrean durante toda una existencia. Pero después volvió a empantanarse en sus épocas de adolescente devenido en hombre temprano. Suspirando profundamente y volviendo casi en si, recordó un momento póstumo. El instante en que su vida quedó marcada para siempre. A partir de allí hubo un antes y un después y jamás volvió a ser lo mismo.
Pero hoy era diferente, hoy era un día espléndido, estaba en otra dimensión, estaba ido de su naturaleza, había podido escapar de sus limitaciones y eso lo alegraba, como cuando era un niño de verdad, como cuando nadie advertía que él hacía castillos en el aire una y mil veces y los derrumbaba sin que nadie se opusiera, como cuando todo lo justificaban por su inocencia y exclamaban ¡que ricura! Todo lo que hacía les parecía bien a todos. Lástima –pensaba- que con el tiempo la gente olvida sus orígenes, sus raíces primigenias de encanto y espontaneidad, la inocencia del que no sabe imponer sus pensamientos con una ferocidad de tigre y solamente levanta la mano en el murmullo y escupe su verdad sin importar que a alguien le cambie la vida tal cuestión.
-Retumba mucho!!!-, gritaba incesante y luego se reía como el que ha tomado unas copas. El silencio le estaba perforando los oídos, lo estaba alejando del mundo apuntalándolo con una daga filosa y punzante. El niño intentó resistirse hasta que por fin logró volver ahí, a donde yacía desparramado encogiéndose y estirándose como una babosa a punto de morir. Y lo hizo más de mil veces, y renació desde lo más hondo hasta llegar a la plenitud esquematizada. Y luego tomó conciencia y todo se volvió como siempre a la realidad no deseada, al compás que marcan las agujas del reloj con una exactitud casi envidiable aunque bastante aplomada.