Y que mi cuerpo sea tuyo, aunque sea solo esta noche, te regalo todos los secretos que durante tanto tiempo guarde. Hoy llego el momento de que los conozcas, que te diga y me digas todo lo que congelado en el tiempo quedó. Vibraciones y sensaciones atrasadas, hoy explotarán todas juntas nuevamente.
Thursday, December 19, 2013
Tuesday, July 09, 2013
EL SEÑORITO BIEN
Cuando le ofrecían una tasa de café, para decir que sí decía que
no, y para decir que no decía quizás, nunca se animaba con certeza a decir lo
que quería. ¿Está seguro que quiere tomar café?, le repetía el mayordomo, ya
que era tan obvio y evidente que ese "quizás" era un no, que
intentaba convencerlo de que se sincerara con él a cambio de nada. Por ese
entonces tendría unos 25 años, cuando empezaron a ocurrir esas actitudes
extrañas, indecisas e imprecisas. El otro ya tenía atendiendo esa casa unas
seis décadas. Conocía los sí y los no del niño, del padre del niño y del abuelo
del niño. Claro que también conoció a las mujeres que acompañaban a esa
familia. Había sido un clan desde principios de siglo, conocido por todos,
admirado por algunos y odiado por unos pocos.
El joven era la peor versión lograda de la familia, tenía los peores
defectos, heredados de cada uno de sus antecesores.
Cualidades pocas, cada vez menos. Ya que a mediados de la adolescencia
empezaron a borrársele los grises atisbos de alguna destreza o gesto que
demostrara que era humano y sentimiental.
Su vida ocurría dentro del palacete. Amanecía muy tarde, todo el
día estaba adormecido y tempranamente a la noche iba corriendo a descansar
hasta el día siguiente. Parecía vivir en sueños.
¿No
quiere comer hoy el señorito?, le preguntaba el mayordomo, ya hace días que no
lo hace. Eso podría haberse considerado una cualidad, no comer, no tener gula,
pero en el caso del hombre sin emociones, esta apatía por la comida era una
muestra más de su desinterés por todo.
Y
así andaba, perdido, por los pasillos fríos del palacio, era como si se hubiera
convertido en parte del mobiliario enorme e indiferente que lo decoraba. Era
una gran pared más de todas las que armaban la residencia. Había recibido tan
poco cariño en su niñez que estaba seco.
La única persona que velaba por sus necesidades
físicas, las únicas que se podían vislumbrar, era el fiel servidor de varias
generaciones de la familia. Cuando él, ya cansado y viejo murió, el señorito
bien derramó una lágrima, señal de que todavía él estaba vivo a pesar de todo.
Subscribe to:
Comments (Atom)