Estuve acariciando su pelo durante horas hasta que me canse. Durante años lo hice, hasta que me canse. Termine de despegarme de ella cuando comprendí que su pelo era falso, que sus ojos estaban pinchados desde su cerebro con ganchos que no conducían a ningún sentido. Siempre preguntaba porque sus uñas no crecían, pero jamás obtuve respuesta, también siempre quise saber porque no amputaban su pelo como al mío casi todos los meses en la peluquería de la esquina de casa, la mas vulgar del barrio. Se llamaba Candela y había llegado a mi casa de la mano del ansiado y vulnerable Papa Noel.
Candela iba donde yo iba, se bañaba conmigo, también dormía y los domingos paseaba en el auto con todo la familia. Cuando no quería comer los helados que a mi me gustaban le embadurnaba la cara hasta las orejas y le reprochaba con alma de madre que era una desagradecida porque yo quería que compartieramos todo y ella, por el contrario, se daba el lujo de despreciarme. ¿Que sabrás vos de estas cosas?, preguntaba yo con voz de mando y gritando a los cuatro vientos, como para que todos supieran que aunque Candela no hiciera caso, yo tenia absoluto manejo sobre su vida, su pobre vida.
Un día me harte, dije basta, no soportaba mas tanta indiferencia de su parte. Comencé a desgarrar cada uno de sus miembros, también me di el lujo de rebanarle ese sucio pelaje que tenia y que nadie deseaba cortarle como al mío. La sacudí una y mil veces para ver si reaccionaba, le grite tanto hasta quedarme disfónica. Descubrí que era hueca, que en su interior no había corazón, ni sangre, ni nada que pudiera dar indicios de vida, pero sospechosamente, en ese instante en que yo había decidido tirarla a la basura, Candela derramo una lágrima.
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